Un equipo del MIT ha desarrollado una batería comestible para dispositivos médicos capaz de alimentar sensores dentro del cuerpo humano y disolverse después por sí sola, sin necesidad de cirugía para retirarla.
Cómo funciona esta batería comestible
El dispositivo está construido en capas: un ánodo de aleación de magnesio, un cátodo de trióxido de molibdeno y carbono activado, y entre ambos un electrolito biodegradable que genera la corriente eléctrica. La novedad técnica clave es su estructura tipo papel, hecha con nanofibrillas de celulosa, que mejora la resistencia y el control sobre cómo se degrada frente a versiones anteriores con componentes más grandes.
Por qué no se disuelve antes de tiempo
Para evitar que el ácido del estómago la destruya demasiado rápido, los investigadores la recubrieron con cera de abeja, y en algunas versiones añadieron también cera de candelilla para prolongar su vida útil. Ese recubrimiento no es solo protección física: actúa como el elemento que controla cuánto tiempo dura la batería activa antes de empezar a degradarse.
Los resultados en pruebas con cerdos
Los prototipos, alojados en cápsulas impresas en 3D, se administraron por vía oral a cerdos mediante endoscopia. Ambas versiones de la batería funcionaron hasta tres días seguidos, aunque su voltaje fue cayendo de forma gradual a medida que se degradaban: la versión más grande pasó de 1,8 a 1,45 voltios en tres días, y la pequeña de 1,7 a 1,35 voltios en el mismo periodo.
Qué dispositivos llegó a alimentar
La batería más pequeña alimentó una etiqueta RFID inalámbrica capaz de comunicarse con un receptor a casi metro y medio de distancia, permitiendo detectar cuándo el animal había tomado una medicación. La versión más grande, por su parte, alimentó una cápsula que estimuló eléctricamente el estómago, aumentando los niveles de grelina, la hormona del hambre, sin causar daño visible en el tejido.
Un reto pendiente: hacer que se degrade todo
Aunque los componentes biodegradables de la batería se descompusieron con normalidad, la placa de circuito electrónico usada en el experimento de estimulación gástrica no lo hizo —simplemente fue expulsada de forma natural por el animal. El equipo reconoce que conseguir que absolutamente todos los componentes sean bioabsorbibles eliminaría el riesgo de que una pieza quede alojada en el tracto digestivo.
Qué viene después
El equipo trabaja ahora en estandarizar la fabricación y ajustar el recubrimiento de cera para poder diseñar baterías con una duración específica, desde horas hasta varios días, según lo que necesite cada dispositivo. Los investigadores planean además pruebas más largas en condiciones que imiten mejor el tracto digestivo humano, con un primer ensayo clínico del sistema RFID previsto para dentro de unos dos años. Puedes consultar el estudio original en Nature Chemical Engineering.